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Es una técnica de relajación y concentración muy popular en nuestro arte marcial, al comenzar o finalizar la clase nos sentamos en seiza y le dedicamos unos minutos.

En ese tiempo los alumnos más jóvenes se balancean, se inquietan en la posición, algunos abren los ojos…

En definitiva algo no termina de funcionar. Y es que, al margen de la energía desbordante que tienen, los más jóvenes se preguntan no tanto qué es sino el sentido.

Y los sensei intentan transmitir que es un acto de relajación y de concentración, lo cual deja a muchos niños igual, tal vez porque esa explicación no les sirve para poder realizar bien el ejercicio.

Y es que incluso los adultos tenemos enormes dificultades con el mokuso, con la meditación.

Es algo que nos ha llegado de otra cultura muy diferente, y hacemos lo que podemos con ello desde nuestra configuración occidental.

Para empezar este ejercicio no consiste en dejar la mente en blanco, como vemos en el imaginario occidental.

La mente no se puede dejar en blanco, tenemos un cerebro y su función es crear pensamientos, seguro que muchos de nosotros hemos leído por algún lado la friolera de pensamientos que generamos al día.

No se puede desenchufar, quedarnos inertes mentalmente.

La mente, especialmente las neófitas en esta práctica, son un hervidero de pensamientos tengan la edad que tengan:

"Qué tendré para cenar",

"se me duermen las piernas",

"mañana tengo examen",

"no he mandado el correo, cuando llegue y después de cenar lo envío, que no se me olvide",

"tengo que comprar la mermelada",

"he discutido con Fulanito"

"que situación tan incierta es esta"

 

Y estos acarrean unas emociones.

 

El mokuso, la meditación, no pretende tanto dejar la mente en blanco sino una pacificación y análisis de los pensamientos, para evitar un comportamiento reactivo, es decir

 

Desde una predisposición de calma DEJAR QUE LOS PENSAMIENTOS PASEN SIN AFERRARSE A NINGUNO, sin "masticarlos", para de este modo poder TENER CIERTO CONTROL SOBRE LAS EMOCIONES QUE PROVOCAN.

 

En el día a día no nos paramos a ver nuestros pensamientos, todo va muy deprisa, de repente ya estás discutiendo con alguien y no te has dado ni cuenta.

 

Un ejemplo sencillo:

A lo mejor alguien te ha ofendido hoy , te ha dicho "mira que estás torpe, no das pie con bola".

La mente en paz recibiría ese hecho y desde una calma que ya viene practicando (ya viene calmadita de casa) se podría plantear que esa persona esta nerviosa, se ha perturbado. Y esas emociones son de esa persona, suyas, no tienen que causar una reacción automática en la persona que lo recibe. A lo mejor esa persona debería también aprender a calmar su mente.

 

Para dar ese significado debemos estar en una calma mental ya aprendida. Tenemos que aprender a ver los hechos de forma neutra para poder elegir como nos lo tomamos y relacionarnos de la mejor manera con ese hecho.

 

Es gracias a esa tranquilidad aprendida que más adelante podremos estudiar por qué ese comentario, esa noticia, esa situación nos despierta unas emociones y curar ciertos aspectos en nosotros, desarrollar nuestra potencialidad.

 

Pero nada de esto es posible sin el primer paso, aquietar la mente, nada podremos dominar si va tan deprisa que se nos escapa.

 

De esta forma el karate nos ofrece, como era pretensión del padre fundador, Gichin Funakoshi, no sólo aspectos técnicos sino una poderoso ejercicio espiritual.